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Boca vs River: el clímax

Argentina se entiende en polos. Extremos, como su posición geográfica en el mundo. Para unos, Gardelianos o apóstoles de Piazzola, defensores de la “excelentísima orden” del Aleph borgiano o aquellos que juegan con los capítulos enredados de Rayuela. Pero quizá no existe un punto más álgido que el que separa las dos fracciones más legendarias de la segunda religión (y eso lo pongo en duda) del país pampero: Boca o River. Auriazul o Rojiblanco. Xeneize o Gallina.

El barrio de la Boca: cuna de ambos. Por un lado, los migrantes que encontraron en un barco sueco la razón del latir de su corazón. Enfrente, la mezcla de Santa Rosa y La Rosales dieron nacimiento a la otra pasión que recorrió Buenos Aires hasta que llegaron al barrio de Núñez y construyeron su catedral: el Antonio Vespuci Liberti, el Monumental.

Sus encuentros son míticos en el mundo, tan fantásticos que lo podríamos relacionar con un paisaje de Borges, pero cada 90 minutos que se ven aquellas playeras son más un ensayo de Galeano: real, vivo, identitario. La fiesta del balompié.

Titanes: los más ganadores, los dominantes, reyes absolutos de Argentina. Las rivalidades sólo funcionan cuando en los extremos tiran con el mismo peso; la misma fuerza.

Sólo dos finales anteceden lo que estamos por vivir: el Campeonato Nacional de 1976, celebrado en cancha de Racing Club de Avellaneda, recordado por aquel tiro del Chapa Suñé, con el que los auriazules presumen la ventaja histórica y la Supercopa Argentina este año, conquistada por los Millonarios 2-0, con goles de Gonzálo Nicolás Martínez e Ignacio Scocco.

Pero lo de hoy, no puede ser más importante. Es el clímax de una historia que se seguirá repitiendo mientras el futbol siga latiendo al ritmo de tantos corazones en Argentina: es el partido que será el parámetro de todos los que sigan: cualquier victoria posterior será insuficiente para quién pierda y un recordatorio para el conquistador. Lo más épico en los anales de la historia es aquella semifinal definida en penales en 2004, cuando Carlos Tévez selló el triunfo con el festejo en forma de gallina.

River y Boca, tango y milonga, fiesta de los ojos tanto dentro, como fuera de la cancha. Dueños de una nación que vive este deporte como ninguno, sólo que hoy, no se juegan sólo el orgullo, se juegan el continente entero. Gigantes del deporte que finalmente nos regalan la final soñada.

@omarrgc

Omar García
Cuando era niño, mi sueño siempre fue ser un jugador más valioso del Super Bowl. Apenas vi mis habilidades atléticas supe que sería un riesgo… para el que me viera jugar. Un día, negado a vivir como un fanático más, encontré en el periodismo la oportunidad de estar alrededor de este juego… aunque después de todo, sigo siendo un fanático más. Packer/Puma/Diablo/Met/Magic

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Omar García

Omar García

Cuando era niño, mi sueño siempre fue ser un jugador más valioso del Super Bowl. Apenas vi mis habilidades atléticas supe que sería un riesgo… para el que me viera jugar.

Un día, negado a vivir como un fanático más, encontré en el periodismo la oportunidad de estar alrededor de este juego… aunque después de todo, sigo siendo un fanático más.

Packer/Puma/Diablo/Met/Magic

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